Ya no habrán nuevos lugares,
los sauces lloran sus raíces,
aman y se disculpan a partes iguales,
no hay viajes al corazón.
Venció la locura,
obedeció a su cabeza,
y la magia dejó de recorrerle.
No descubrirá más.
Añorará las experiencias sensoriales,
ahora se castiga con lo básico,
mientras murmura su monotonía,
yo fui diferente.
No era como el resto,
pero lo desperdició,
se castiga con lo simple,
mientras maldice su apatía.
No se entiende,
no se comprende,
no se gusta,
no se ayuda.
La senda que queremos suele ser la equivocada,
lo fácil nunca es lo correcto,
los sauces se hacen sabios por la edad,
ahora duerme triste, lo pudo tener todo.
Todo lo que ahora le sorprende son las deudas,
las paredes de su casa cuando pasa mucho tiempo en ella,
y los polvos mal echados con alguien que no está a su altura.
Se subestimó y optó por lo sencillo. Por su ombligo.
Maldice su suerte,
con las manos aburridas,
con la mediocridad de una España agónica,
con demasiado tiempo para pensar.
Ahora sólo se ve como una víctima,
que ya no tiene magia, ni complicidad,
esa clase de tortura social de quien no supo querer,
de quien bebió por encima de sus posibilidades.
En la tele sale un político,
pero los tubos catódicos le han dejado en estado catatónico,
le dejó marchar, y se pregunta donde estará,
si su suerte habrá sido diferente.
Los temas superficiales son el síntoma de su muerte,
esconde su culpa agazapándose en su ignorancia,
decían que corazón que no siente droga segura,
y que mal de muchos consuelo de Pepe.
No vio paralelismos, no vio oportunidades,
no vio su muerte, ni siquiera la reconoce.
Y ahora, mientras se corre y gime
sus incoherencias también se abrazan a su acompañante.
Ya no hay lugar para la felicidad, no,
se encargó de matarla...
Ya no hay lugar para la autocompasión, no,
no supo aplicar la justicia.
Así es.
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