viernes, 9 de mayo de 2014

8 apellidos vascos: la vuelta fallida al esperpento.

Tenía muchas esperanzas en la película que protagoniza Dani Rovira, parecía que había un cine de humor más allá de Torrente, que sin ser el todopoderoso Santiago Segura se podía hacer taquilla con un humor menos chabacano y más absurdo. Porque pensé que estaría basada en el humor absurdo, que los tópicos iban a ser 'marximizados' (de Groucho) y que lejos de ser una serie de prejuicios y estereotipos de vascos y sevillanos sin más, iba a ser un humor sin pretensiones. Muy emocionado estaba con el film, y grande ha sido la desilusión. Nada rompedora, ni siquiera sirve para enervar al español que odie las etiquetas, porque es un intento lamentable de volver al siglo de oro del cine español con lo sainetesco. La película, y esto es lo peor, no dice nada, ni siquiera es un mal ejemplo de la sociedad.

Dirán que es valiente y oportuna, pero las escenas que piden mayor desmadre están desaprovechadas, el reparto es bueno pero no consigue evitar la previsibilidad. El humor está encauzado por unos derroteros nada desconcertantes como sí lo hacen Segura, De la Iglesia, Sánchez Arévalo o Bajo Ulloa.
Mucho más recomendables son: Amigos (gran crítica social tras su humor), El mundo es nuestro (con un Alfonso Sánchez espectacular) o Para qué sirve un oso (con Javier Cámara y Gonzalo de Castro haciendo una comedia dificilísima y atrevida).

Emilio Martínez-Lázaro con '8 apellidos vascos' ha querido volver a los años de Berlanga, Fernando Fernan Gómez, Ferreri y Arniches. Cuando Azcona escribía aquellos textos con influencia directa del entremés. Pero por bueno que sea su reparto no son Paco Martínez Soria ni mucho menos José Isbert en 'Alma de Dios'. Ese aire costumbrista y ese lenguaje sainetesco de los guiones que convirtieron a José Luis López Vázquez en un autor de renombre con películas como 'El pisito' han de ser tratados con maestría y más aun si se pretende renovarlos y adaptarlos al siglo XXI, y el director de '8 apellidos vascos' no ha sabido hacerlo. 

La presencia de una narración cinematográfica basada en una estructura coral, propia de obras donde el reflejo de lo colectivo se impone sobre la débil y estereotipada personalidad de los protagonistas individuales. 

La articulación y la suma de situaciones aisladas o discontinuas, cuya capacidad para reflejar ambientes, caracterizar tipos o producir momentos de comicidad "compensa" la debilidad de un argumento que, aparte de convencional, suele ser tan sólo un vehículo que permite dicha articulación con un mínimo de orden.

La utilización de estereotipos ya definidos -y reconocidos como tales por los espectadores- con escaso margen para el desarrollo interno de los personajes.

La utilización de un argumento sencillo y esquemático con un planteamiento, un desarrollo y un desenlace que se ajustan a las expectativas de la mayoría de los espectadores.

La atención prestada al reflejo más o menos exacto de aspectos de la vida cotidiana (convivencia familiar, relaciones entre vecinos, lugares de trabajo, festejos...), encarnados por personajes costumbristas y vinculados con ambientes populares propios de la clase media.

La acción dramática es secundaria en relación con la galería de tipos que se muestra, gracias en buena parte a un omnipresente diálogo que cobra una importancia capital. Hasta tal punto que, combinado con la simultaneidad de espacios y personajes, a veces las películas se convierten en un vocerío caótico donde los personajes apenas son perceptibles como tales. Pero poco importa, puesto que la coralidad se impone sobre unos protagonistas que a menudo quedan reducidos a la función de ser el nexo que articule la presentación de los diferentes tipos y ambientes.

Pero si de algo se han caracterizado las películas desde principios de los 40 hasta los 60 en España es por:

Un regionalismo o localismo de carácter cercano a lo folklórico (andalucismo, madrileñismo...). Un retrato elemental y externo del personaje, cuyo esquematismo psicológico deriva casi siempre en la creación de tipos recurrentes. Una deformación de la lengua con fines humorísticos (juegos de palabras, dobles significados...). Una tendencia al sentimentalismo y al melodrama como marco argumental en el cual se acaban repartiendo, y diluyendo, los elementos puramente costumbristas....

Existe también una abundancia de escenas estáticas de carácter costumbrista y basadas en un omnipresente diálogo que retardan la acción dramática. Y existe esa fe, o confianza, en la bondad natural del hombre, capaz de justificar el armónico y feliz final. Todo esto podemos ir viéndolo paso por paso en el film de 2014 que ha arrasado en taquillas... pero sigo:

Cierta tendencia al adoctrinamiento o, cuando menos, a la moraleja final, aunque queda relegada por su convencionalismo, obviedad y carácter secundario con respecto al elemento costumbrista y cómico. Ya en aquella época, si hacemos memoria, había también una excesiva utilización de chistes y retruécanos, propia de un teatro cuya comicidad descansa fundamentalmente en el diálogo. Había un popularismo pintoresco en detrimento de un costumbrismo que dé una imagen más global de la realidad social. Y existía un predominio de la moral individual frente a la social como requisito que permite la presentación en el escenario de unos grupos sociales potencialmente conflictivos (clases populares).

Hay que añadir la tendencia a la idealización de los ambientes sin hacer hincapié en los aspectos más negativos de la realidad social del momento y la tendencia que predominaba a reflejar de manera ingenua y amable la realidad, resaltando sus aspectos más superficiales e inmediatos en consonancia con un género que, ante todo, intentaba divertir al espectador.

Esto derivó en el esperpento (término de Valle-Inclán). Este arte verbal que puede conducir a una gran variedad de efectos: cómicos y patéticos, aterrorizadores y trágicos, monstruosos y absurdos. Pero el director de '8 apellidos vascos' no ha conseguido su objetivo, se ha quedado en el intento. Para esperpentizar hay que deformar en caricatura grotesca lo humano, hay que hacer una redefinición paródica del sentido trágico de la vida. El dramatismo y la teatralidad, pilares del esperpento, se han quedado cortos, se ha quedado a caballo entre géneros y la película no ha adquirido tintes óptimos de calidad. ¿Demasiada pretensión, demasiada ambición? La mediocridad también puede convertirse en una máquina de billetes en taquilla, eso no es novedad. 

Los esperpentos formulan implícitamente el gran problema moral de nuestro siglo: la perplejidad angustiada y divertida que resulta de una situación humana donde faltan las restricciones morales y sobra la libertad de decisión y acción, donde el hombre se ve obligado a decidir pero sin garantías de que su decisión sea válida o no. Feo y ridículo, feo y risible, los personajes son títeres de un autor que juega con ellos y con lo grotesco. La mezcla de lo horripilante y lo perversamente cómico nos inquieta porque la situación se hace radicalmente distinta de aquello a que estamos acostumbrados. ¿A que no consigue esto el film? Representar el mundo circundante a través de una distorsión escénica absurda, es el verdadero sentido del esperpento. No se trata de la evasión, sino de una deformación socialmente orientada.

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