Una sombra atravesó la puerta del jardín a la luz de la luna. Llevaba un extraño objeto en su mano derecha, miraba cada rincón del parque con la respiración entrecortada. Subió unos escalones y contempló el gran monasterio, una parte del emblema que había dibujado en el muro de la fachada era el objeto que él portaba consigo. Tenía la forma de una letra pe enorme.
¿Temblaba de miedo o de frío? La noche era inusualmente gélida. Los árboles del jardín se movían violentamente con el aullido del viento dificultándole la ardua tarea de orientarse por aquel laberíntico lugar. No obstante parecía que la misteriosa silueta ya había estado allí con anterioridad. Siguió la senda que le marcaban unas parras y atravesó una parcela de naranjos. No advirtió que el jardín despertaba ante sus descuidados pasos. Ignorando los carteles indicativos llegó al centro del lugar. Cuando llegó a la fuente se estremeció… había alguien allí y lo miraba e iba armado con una enorme espada. Permanecía inmóvil, como esperando la reacción del intruso que se sentía desvanecer. El visitante, petrificado ante el firmamento y la presencia del gigante, había quedado preso del pánico. Sus ojos saltaban de sus cuencas tratando de ver con claridad en la noche antes de no volver a ver nunca más. Cuando al fin levantó las manos en los segundos que le parecieron infernales días, la figura de su adversario empezó a clarificarse a sus ojos hechos a la nocturnidad. Una carcajada hizo temblar a las flores más cercanas y resonó en la noche. Era la estatua de un héroe legendario.
Después de retomar el control de la situación y respirar con tranquilidad reanudó su marcha con más ímpetu. Una vez hubo recorrido todo el jardín se arrodilló a escasos metros del muro del final y comenzó a esparcir la tierra separando la arena del lugar donde se encontraba. Tras un rato en el que él ya sudaba a pesar del frío apareció en el suelo un gran círculo de piedra con una enorme equis en su interior. Volvió a mirar el emblema del monasterio y colocó el objeto que portaba encima de la gran equis. La pieza encajó a la perfección pero no pasó nada. Se levantó y sacudiéndose la ropa esperó impaciente. Nada. Aguardó ansioso durante un tiempo indeterminado que le pareció eterno, ahora moría de calor. Finalmente decidió abandonar enojado el lugar. Anduvo el camino de regreso maldiciendo y blasfemando, tan ensimismado iba que no vio que la estatua que antes le había asustado ya no estaba en su lugar… salió del jardín y cuando quiso trepar la cerrada puerta de salida alguien le salió al paso.
- Dime, ¿qué hacéis aquí forastero?
- Yo… esto… disculpe… la verdad es que… me dormí en un banco… eso es…- dijo apurado creyendo que se trataba de un guardia civil- y he despertado ahora, me cerraron creyendo que no había nadie.
- ¿Dónde encontraste el tercer signo?
- ¿Cómo?
- El objeto que llevabas antes, ¿dónde está?- le increpó furioso. Se palpó el bolsillo rápidamente, se lo había dejado allí colocado.
- Verá yo… cuando vi que no servía para nada…
- ¿Para nada? Dime ¿dónde lo encontraste?- le insistió.
- En unas antiguas torres que hay aquí cerca, las que en la antigüedad limitaban la ciudad… estaba en un cofre que parecía abandonado en una habitación que tenía la puerta atrancada, yo creí que… por favor no me denuncie… si yo…- le lloró el hombre.
- Así que Rem era el encargado de custodiar el tercer signo…- escupió el hombretón que retenía al intruso.- dime si no quieres morir, y rápido que amanece, ¿cómo sabías que tenías que emplearla aquí?
- Yo… de verdad déjeme ir sólo soy un simple hombre apasionado de los mitos y leyendas.
- ¡Habla o te parto en dos!- dijo mostrando una gran espada. Entonces comprendió que no era un policía y atropelladamente procedió a explicarle que en el baúl había un extraño pergamino que decía que esa era la llave que le podría llevar a la inmortalidad. Tan solo debía colocarlo al anochecer en el jardín de las hespérides custodiado antaño por un dragón, en el círculo oculto bajo tierra que hay al final y recomponer el símbolo de la hermandad del monasterio.
- Me informé y averigüé que se trataba de este lugar y vine buscando la inmortalidad…- dijo avergonzado.
- Idiota, necesitas los otros dos signos para completar el símbolo. – lo cogió del cuello de la camisa y le amonestó- ¿estás dispuesto a todo por conseguir la preciada inmortalidad?
- Si- dijo tímidamente el hombre. La oscuridad envolvía al arcano personaje.
- Entonces bienvenido a mi jardín, mañana por la noche seguiremos hablando- y volviendo a la fuente volvió a convertirse en una estatua vigorosa.
- Mi, mi nombre es Lloyd, en… encantado. – dijo en un murmullo mientras las constelaciones iban apagándose.